Hugo Moreno
¿Podríamos estar asistiendo a la agonía del pacto republicano que fundó la Francia moderna, y al preámbulo de un nuevo periodo histórico? Esta situación, que aparece sin alternativa política, pues ni los chicos en rebelión ni nadie la ofrecen, puede conducir a una catástrofe mayor.
No hay interlocutores válidos. Los que queman y se enfrentan con la policía, no se reconocen en ninguna de las expresiones tradicionales de las fuerzas políticas populares, incluidas por supuesto las que se declaran de izquierda. Son “ajenos”, por buenas o malas razones, a esa tradición, que tampoco conocen, que no se inscribe en su universo social y cultural.
Ni siquiera respetan el antiguo cuadro del círculo familiar, que en gran parte fue destruido por el desempleo, la miseria y la desagregación social. Las referencias son otras, muy distintas de las de generaciones anteriores. Ése es un dato insoslayable.
En cambio, aumenta el peso de la opinión de extrema derecha, fascista o fascistoide, que gana espacios enormes en los sectores de la derecha liberal, incluso en las capas populares. Algo funciona mal en esta sociedad, que parece amnésica respecto a los valores surgidos de la Revolución de 1789, de las revoluciones republicano-democráticas de la primera mitad del XIX, de la Comuna de París de 1871, de la Resistencia antifascista y de las grandes luchas obreras y sociales del siglo XX: los grandes pilares de la Francia moderna.
Ése es hoy el peligro que corre la sociedad francesa. El sentimiento de miedo, que apela a “la seguridad” como valor máximo, conduce así a sostener a quienes manejan el poder, el dinero y las armas. Ese sentimiento es más preocupante que el ciego estallido de la revuelta juvenil y que las expresiones vandálicas de algunos de sus sectores.
La barbarie no es siempre aquélla que desde el poder se identifica, sino frecuentemente la inversa: la que ejercen los de arriba. Este conflicto puede hipotecar buena parte del próximo futuro. Los que siguen creyendo en la lucha por la democracia y en la justicia social, no pueden menos que tomar partido por la revuelta de los pobres y oprimidos. A veces la forma de la insumisión es brutal, como brutales fueron siempre las revueltas de los condenados de la Tierra, pero es un principio político y ético insoslayable.
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