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Otro
mundo es posible |
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10 de diciembre de 2005 La lucha de masasJoaquín Miras La Revolución Francesa es el acontecimiento señero que en la periodización histórica marca el comienzo de la contemporaneidad. Lo que hace de la Revolución Francesa el acontecimiento iniciador y a la vez característico de nuestra era, es la irrupción de las masas pobres en la política. Desde entonces, las masas populares —el populacho, la plebe, el proletariado, el pueblo— no abandonarán la historia. Todas las fuerzas políticas se verán, en lo sucesivo, en la necesidad de asumir la centralidad de ese acontecimiento: para servir a su liberación, para servirse de ellas como instrumento y aliado subalterno, o para aterrorizarlas. Esa irrupción de los pobres en la política culmina con la constitución del primer régimen político democrático desde la antigüedad clásica: la República democrática jacobina de 1793. Dos rasgos confieren singularidad a este proyecto político: la democracia jacobina surge en lucha, y como alternativa, contra el capitalismo, que trata de instaurar su régimen económico tras la abolición del Antiguo Régimen, señorial y absolutista. El otro rasgo consiste en que la nueva República Democrática propone fórmulas para ser aplicadas no ya en una sola ciudad, sino en un conjunto de espacios (un país con 23 millones de habitantes). El tiempo presente plantea un reto que no tuvieron que asumir los jacobinos: construir una nueva cultura autónoma como medio para crear el nuevo sujeto. La democracia jacobina nacía de una cultura autónoma existente, la “economía moral de la multitud”. Pero todo, en la historia, ha sido siempre, para bien y para mal, obra de los seres humanos. Todo lo que es pensable y proferible mediante la palabra —las aladas palabras—, puede ser comunicado públicamente, colectivamente acordado, y realizado... Y nada hay que sea más sólido que eso: poder es capacidad intelectual de orientar la actividad mediante ideas y valores. Nuestros enemigos son mucho más conscientes que nosotros de que la democracia es una idea peligrosa, cuyo conocimiento invita a su realización. De que democracia es palabra pública y trabajo para persuadir, de que a la acción se llega mediante el debate y la palabra. Y de que, de todo eso, tenemos de sobra. 4 de diciembre de 2005 Soberanía y OMCAlejandro Sobre nuestra pérdida de soberanía (“Demagogia”, de Carlos Carnicero), existe un tema bastante desconocido: la Organización Mundial de Comercio y el Acuerdo General de Comercio y Servicios. Pongamos que los españoles elegimos un gobierno “de derechas”, que opta por liberalizar la educación y la sanidad. Y que se procede “a cancelar la educación y la sanidad públicas, o a igualar las subvenciones que se dan a las públicas y a sus equivalentes privadas” (para no hacer trato de favor a unas empresas frente a otras), en el marco del AGCS. Hasta aquí, todo bien, si es lo que los españoles queremos. Unos años más tarde, cambiamos de idea, y elegimos a un gobierno “de izquierdas”, que promete volver a instaurar la sanidad y la educación públicas dándoles más subvenciones que a sus equivalentes privadas. ¿Puede cumplir su promesa? No. Porque nos lo impiden las normas de la OMC (un sector liberalizado no se puede volver a cerrar, si no es abriendo otro de importancia equivalente). Bueno, pues nos salimos de la OMC y afrontamos las consecuencias para la economía del país (previsible embargo económico en varios niveles). La cuestión ahora es... ¿puede España decidir el abandono de la OMC? Pues no. No sin el acuerdo del resto de la Unión Europea. Bueno, pues si las normas nos limitan y no podemos salir de la organización, que el representante español en la OMC pida que se cambien las normas. La pregunta es: ¿qué representante? La UE tiene un único representante que habla por los 25, elegido por la Comisión Europea (ni siquiera por el Parlamento Europeo, que es un órgano sobre el que los ciudadanos tenemos un control directo). Así que no podemos hacer nada, salvo actuar en rebeldía contra la legislación internacional. Y exponernos a sanciones sin límite de la UE y de la OMC. Nuestra intocable Constitución, la Constitución europea, cuando se apruebe, y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, si vamos a eso, no están por encima del poder de la OMC, al menos en el panorama actual. Dependerá de todos el que esto cambie. === |
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