27 de diciembre de 2005

¿Jóvenes irracionales?

José R. Ubieto
Psicólogo clínico y psicoanalista

La Vanguardia, 22 de diciembre de 2005

El asesinato de una indigente por parte de tres jóvenes, hace muy poco, es uno de esos hechos que nos conmueven y al mismo tiempo nos provocan un sentimiento amargo, mezcla de extrañeza y rabia. La primera explicación, quizás precipitada, es atribuir a esa violencia un calificativo muy “superficial”: violencia gratuita, haciendo alusión a una violencia sin sentido que sólo se justificaría por el placer que provoca en sus actores.

Una violencia caracterizada por un exceso que desborda las explicaciones relativas a la crisis de socialización, a la influencia de las bandas o a la tentación delictiva. La película de Kubrick ‘La naranja mecánica’ fue pionera en mostrar esa violencia excesiva y malvada, sin objeto.

Es una violencia que nos resulta especialmente insoportable porque dentro de ella se aloja una pulsión destructiva más allá de toda razón o interés confesable.

Es la pulsión de muerte en forma pura, lo cual contraviene todo el empuje de nuestra sociedad en pos de una civilización anestésica, capaz de reprimir cualquier manifestación de la muerte (dolor, duelo, pérdida...).

Es el retorno de un fantasma que conocimos a partir de la Segunda Guerra Mundial con el Holocausto y la bomba de Hiroshima: el fantasma de la inhumanidad como perteneciente a lo más familiar de cada uno.

Pero, ¿es posible hablar de la violencia como gratuita sin deslizar en ese adjetivo una supuesta irracionalidad que escaparía a cualquier lógica? Seguramente la razón no se basta por sí sola para entender la lógica que subyace en estos actos; y por eso necesitamos otros instrumentos conceptuales, como la hipótesis del inconsciente.

Los llamados trastornos de conducta son un buen ejemplo para captar esta lógica. Vemos cómo aparece en estos chicos el goce (su satisfacción pulsional) con un rasgo de exceso, relacionado con su significación personal de fracaso y la imposibilidad que tienen para articular un relato coherente a su alrededor.

Ese sentimiento íntimo puede ser compatible con una presentación social “normal”; e incluso puede ocultarse tras un velo donde la efusión narcisista de victoria sobre el destino, de control de su entorno, es reforzada por la violencia y el consumo de tóxicos.

Estas conductas tienen como finalidad huir de sentimientos intensos de angustia, producida por fenómenos psíquicos diversos. Y no tienen más sentido que el de la satisfacción pulsional que comportan, ligada al sadismo de la agresión y al hacerse ver ante la mirada del otro.

No se trata de una violencia gratuita, pues hay un precio por ella: el desconocimiento de la propia subjetividad. Es una estrategia defensiva que hace que estos sujetos se anticipen —mediante “válvulas de escape”— a ese rechazo que imputan al otro y que los confirmaría en esa posición de extraños, de anormales, de perdedores... El “nada es imposible” prometido se convierte en una mala jugada para esos adolescentes que habrían de convertirse en personas adultas.

¿De qué rechazo se trata si todo apunta, en este caso, a la ausencia de penurias en las familias de estos jóvenes? Tenemos un primer dato para entender los procesos psíquicos implicados: los niños aprenden a decir ‘no’ antes que a decir ‘sí’. Y este ‘no’ está vinculado a aquello que le resulta, al sujeto infantil, desagradable, insoportable... y que por tanto sitúa afuera, en el exterior, como si se tratara de algo ajeno.

Podemos decir, entonces, que este movimiento es el primer signo de la capacidad de tolerancia; y que es, al mismo tiempo, estructural (no evitable y necesario según la lógica de constitución del sujeto humano). Desde ahí se puede establecer un límite exterior/ interior; lo que permitirá definir un espacio mental propio.

Este rechazo inicial y otros secundarios tienden a crear la ilusión de excluirse de lo rechazado, que quedará así como extranjero, radicalmente otro para el yo. Cuando, en realidad, es lo más íntimo. Todo eso que nos desagrada, que nos molesta, tratamos de atribuirlo al otro; como si él fuese el responsable de nuestro propio malestar.

El problema, como decía Freud, es que lo reprimido siempre vuelve, aunque sea de manera cifrada. Y lo que retorna nos resulta intolerable. Y haremos lo posible para ignorarlo, para reprimirlo otra vez, dedicándole nuestro mayor desprecio.

Así se construye la teoría neurótica de la vida, atribuyendo al otro los propios fracasos: laborales, sociales, familiares, personales, sexuales... Este otro (inmigrante, indigente, homosexual, Estado...) tiene la culpa de las vicisitudes de mi vida; y yo no soy, o me niego a ser, el responsable.

Ninguno de nuestra especie, incluidos los “jóvenes de buenas familias”, es ajeno a esta operación de rechazo y alejamiento que conduce a la violencia frente a ese otro.

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