Manuel Valero
Efectivamente, estamos acostumbrados a reconocer que la guerra es la prolongación de la política por otros medios. Siempre fue así y lo seguirá siendo. La antigua Roma jamás ocultó ni disimuló este principio. Más tarde, los sucesivos imperios siguieron su ejemplo. ¿Qué es, entonces, lo que hoy ha cambiado?
Pues que ahora la guerra no se puede hacer como traducción descarnada de la política imperialista. Sino que, simultáneamente, se subvierte el lenguaje para que todas las guerras de agresión pura y dura, con fines eminentemente políticos, se presenten ante la opinión pública como guerras de autodefensa: primera subversión del lenguaje. Porque hoy todas las guerras que organizan y desencadenan los Estados imperialistas son guerras para “autodefenderse”.
Por eso, por la subversión del lenguaje, la “comunidad” internacional acepta hoy como verdad incuestionable que Israel tiene derecho a defenderse. Se acepta como principio universal la llamada legítima defensa, atenuante o eximente que se reconoce en cualquier código penal. Esto es indiscutible.
Lógicamente, si uno se defiende es porque uno es víctima de una agresión. Es la segunda subversión del lenguaje. De ese modo el que arremete no tiene que ser necesariamente verdugo, sino que puede ser víctima. Antes, los explotados y oprimidos eran netamente las víctimas. En cambio, hoy se aplica ese calificativo a los Estados y ya nunca a las víctimas tradicionales. Ya no es patrimonio de los oprimidos el concepto de víctima. Se les ha expropiado esa condición.
¿Y quién es el agresor, en este caso? Los terroristas. Que en este momento son las milicias de Hezbolá o las de Hamás. La palabra ‘terrorista’ es genérica; porque significa aquél o aquéllos que producen terror con sus acciones violentas (es decir, agresivas) contra algo o alguien, por cualquier medio. Y aquí tenemos la tercera subversión del lenguaje. Ya que el concepto se deja ahí, en el limbo de la indefinición, en el corpus jurídico internacional. Toda vez que los Estados, para defenderse, se ven obligados a emplear el terror indiscriminado contra las poblaciones.
Por eso se acepta implícitamente que los Estados nunca pueden ser terroristas. Únicamente este concepto debe aplicarse a los que, en realidad, se defienden de los Estados empleando medios violentos. Como el monopolio de la violencia para defenderse lo ostentan los Estados, todo aquel paisano que emplea la violencia es terrorista.
La ocupación de Irak, Afganistán, Gaza, Cisjordania, Líbano, etcétera, por otros Estados, representa el ejercicio de la legítima defensa para evitar que los terroristas puedan agredir a los Estados invasores. Otra subversión del lenguaje, la cuarta. Si los soldados que ocupan un territorio por el derecho de autodefensa son hechos prisioneros, entonces se produce un secuestro intolerable. Y, por ende, una provocación y un acto de guerra.
Por ejemplo, Israel en su “retirada” del Líbano se quedó con una franja de terreno (de bastantes kilómetros cuadrados) de ese país; donde ha instalado asentamientos judíos. Por lo que si los terroristas de Hezbolá tienen un enfrentamiento con las tropas ocupantes, les hacen bajas y toman prisioneros, estamos en presencia de un acto de guerra y un secuestro de soldados del que hay que defenderse. Es decir, se sufre una verdadera provocación intolerable.
El asesinato es matar a una persona dolosamente; que puede hacerse, además, concurriendo varios agravantes: nocturnidad, alevosía, empleando medios que aseguren la impunidad, etcétera. Sin embargo, en nuestro tiempo, la “comunidad” internacional acepta el asesinato indiscriminado de personas, organizado, premeditado, brutal y a gran escala... si tiene como objetivo eliminar terroristas (en el ejercicio de la legítima defensa). Es la quinta subversión del lenguaje. Ya que a esta matanza se la denomina “daños colaterales”.
Es más, cuando el asesinato se hace desde aviones guiados electrónicamente, no tripulados, a este crimen se le llama “asesinato selectivo” de terroristas. Lo cual es aceptado por la “comunidad” internacional. Israel, que ha inventado esta forma quirúrgica de matar llanamente, lo practica porque sí, haya o no guerra en curso. Está en su derecho como pueblo ocupante agredido.
Bombardear brutal y masivamente a otro Estado, sin declaración de guerra, matando indiscriminadamente a la población, destruyendo sus infraestructuras, sus medios de vida, machacándolo literalmente, no es un acto de guerra sino el ejercicio de la autodefensa. Ya que los terroristas se escudan en la población civil y para destruirlos hay que atacar a esa población civil.
Cuando Israel aniquila la vivienda de la familia del terrorista que ha realizado un atentado contra las tropas ocupantes de su país, no estamos en presencia de un acto de venganza indiscriminada. Una lección así la deben recibir todas las familias: para que se abstengan de tener hijos que puedan convertirse en terroristas. Es su derecho, la sexta subversión del lenguaje. Porque la “comunidad” internacional no discute esa prerrogativa de Israel sino, en todo caso, la desproporción del ejercicio de la legítima defensa.
Con lo cual nos encontramos ante otra palabra genérica. ¿Qué es desproporcionado y qué es proporcionado en una agresión de un potente Estado militar a una población? ¿Cuántas casas? ¿Cuántas infraestructuras y qué tipo de ellas? ¿Cuántos civiles tienen que morir para que la agresión pueda calificarse como desproporcionada? ¿Cuándo es proporcionada?
Dicho de otra forma: los misiles y los bombardeos de Israel sobre el Líbano son proporcionados a su ejercicio de legítima defensa. Pero los misiles de los palestinos y de las milicias libanesas que caen sobre Israel son una provocación, actos de guerra intolerables. Los terroristas, por definición, no tienen derecho a defenderse. Y menos a pretender liberar los territorios ocupados por Israel.
Además, tratándose de un Estado que formalmente representa al pueblo elegido por Dios, a Israel no se le pueden criticar sus acciones, sean de la dimensión que sean. Ya que el que lo hace es un antisemita. La séptima subversión del lenguaje. Hoy esta palabra, hace ya mucho tiempo subvertida, es aplicada perversamente a quienes se atreven a criticar a Israel. Se echa sobre esa persona, Estado o pueblo, la carga indigna de verse emparentado con los asesinos nazis y el Holocausto, con todo lo que ello puede significar.
Sin embargo, en rigor, la palabra ‘semita’ no se refería exclusivamente a los descendientes de Sem, el tercer hijo de Adán y Eva. Que hijos somos todos de aquel tronco genealógico. Originariamente la palabra ‘semita’ se aplicó para identificar a los hebreos, árabes y otros pueblos de Asia Menor con características étnico-lingüísticas propias. Los judíos, al subvertir el lenguaje, se han apropiado en exclusiva de la palabra ‘semita’. Con lo cual ellos son el único pueblo que puede usar ese nombre. Y de paso implícitamente niegan la vinculación del resto de la Humanidad con el tercer hijo de los progenitores de la especie humana: ellos son los únicos y genuinos descendientes de Sem.
Esto debería llamarse terrorismo semántico; ya que los países de la “comunidad” internacional tiemblan ante la amenaza de que los judíos les acusen de ser antisemitas. Sin embargo, los judíos no ocupaban originariamente la tierra de Canaá (Israel). La ocupaban los cananeos. Al llegar los judíos, los habitantes anteriores fueron sometidos o expulsados en un proceso que duró varios siglos. Ahora, los autoproclamados semitas pretenden ser el pueblo exclusivo de esa región. Y las etnias originarias no tienen derecho a ostentar ese nombre: se les niega el derecho a reconocerse como semitas. Bien, pues esta expropiación semántica se acepta hoy sin rechistar.
Israel exige a la “comunidad” internacional que se cumpla la Resolución 1559 de la ONU, que mandaba al Estado libanés desarmar a las milicias de Hezbolá. El Derecho Internacional debe cumplirse. Y mientras esa resolución no se lleve a efecto, Israel tiene derecho a defenderse machacando el Líbano, es decir, destrozando la posibilidad práctica de que pueda realizarse. ¿Quién va a desarmar a las milicias de Hezbolá si los que teóricamente tendrían que hacerlo van a carecer de recursos?
La petición en realidad es una falacia, como tantas otras.
Por ejemplo, la tan aplaudida retirada de Gaza, quedándose Israel con las
aduanas, el espacio aéreo y marítimo... Sin embargo la “comunidad”
internacional, para no ser tachada ni de terrorista ni de antisemita, acepta
esta solicitud como legítima; y exige que la Resolución se cumpla. Estamos
ante la octava subversión del lenguaje.
Otras cincuenta y pico resoluciones de la ONU, desde hace 40 años, ordenan a Israel que deje de efectuar asentamientos en los territorios ocupados, le indican que el muro construido es ilegal... Es decir, entre todas ellas vienen exigiendo a Israel que se retire de los territorios ocupados en Palestina. Pero son resoluciones antisemitas y, como tales, no obligan a Israel a cumplirlas. La “comunidad” internacional acepta implícitamente que Israel tiene razón al insistir sobre la 1559; y que el resto de resoluciones carecen de importancia. Por estos dolosos incumplimientos no hay sanciones ni censuras para el Estado de Israel.
La “comunidad” internacional acepta, implícita y explícitamente, que Hamás es una organización terrorista. Sin embargo, en unas elecciones libres y democráticamente organizadas por esa comunidad, esta organización ha sido la más votada. Por lo que su Gobierno es completamente legal.
Israel no acepta que una organización terrorista tenga el derecho a ser elegida democráticamente. Así que debe ser ahogada, junto al pueblo que votó por ella. Y aniquilada. Sus dirigentes, elegidos democráticamente, pueden ser detenidos, y asesinados selectivamente. Sus sedes pueden ser bombardeadas. Y la población no tiene derecho a ninguna ayuda, debe pasar hambre y sed. Sus casas, sus centrales eléctricas, sus puentes, sus carreteras, sus centros educacionales y sanitarios deben ser destruidos...
Esto no es un acto de guerra ni una provocación. Esto es legítima defensa. O lo que es igual, la novena subversión del lenguaje. De la que es cómplice, por activa y por pasiva, la “comunidad” internacional.
La décima subversión es que un político socialista español se ha atrevido a decir la verdad, a saber: que el ataque a poblaciones civiles y la destrucción de infraestructuras civiles no son ataques accidentales, sino deliberados... dentro de una estrategia militar de tierra quemada.
Esto ha sido calificado por el embajador de Israel en España como una infamia, la mayor que ha tenido ocasión de oír de ningún mandatario oficial. Sin embargo, la infamia no es decir la verdad, sino actuar de ese modo canallesco y tener la osadía de negarlo. La infamia es llamar a ese crimen contra la Humanidad, a ese genocidio programado, “empleo desproporcionado de la respuesta militar”. Ésta es la mayor infamia que la Humanidad honesta y pacífica puede oír.
En suma, podréis vencer; pero nunca convencer. Porque el carácter delincuente y criminal de vuestros actos no se podrá nunca desfigurar con vuestra subversión dolosa, e interesada, de vuestro perverso lenguaje.
Desde Hispania, en el funesto mes de julio de 2006, un ciudadano disconforme con tanta infamia, cinismo e hipocresía de una “comunidad” internacional que está asistiendo impasible a la destrucción impune de un pueblo. ¡Vergüenza para nuestra generación!
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