Miguel Ángel Múgica
Deia, 24 de octubre de 2006
Estoy en crisis. No demasiado, pero se me escapa el control sobre mis reflejos. Como si viviese fuera del contacto áspero de la realidad, en un perpetuo aturdimiento, entre nubes algodonosas, en el limbo... Me enoja imputarme de ceder a mis insuficiencias. El barullo anida en el exterior. Pues entonces, apelando al dicho de que el infierno son los otros, habré de dar con el culpable más idóneo, con la percha hacia donde mis conciudadanos también trasladan sus zozobras y sus miserias.
El sujeto de este canje virtual ha de gozar de un rango sublime. Ya se sabe, ¡puerco Gobierno! Quizá Juan José Ibarretxe... De ninguna manera, que le persiguen judicialmente. Bush, el verdadero mandamás, queda un poco lejos. Me conformo con un dibujo a escala doméstica de la razón de Estado; más bien de la insensatez de Estado. La figura representativa de tales metamorfosis del cacumen posee ahora y por estas comarcas un nombre propio, José Luis, y unas iniciales o siglas enigmáticas: ZP.
Hubo un salto. Donde se ponía el énfasis en el carisma, luego apareció la moda de sumergirlo todo en el buen talante. Intuí que se trataba de un hábil ejercicio de la diplomacia. Si no estoy confundido, los méritos de José Luis afloran en clave de suponer que nunca o casi nunca existen impulsos radicalmente contradictorios. Mi costumbre reposaba no en ese peculiar zen, sino en la bravura occidental de la tesis, la antítesis y la síntesis. Tampoco me fié ni un pelo de aquella exquisitez del republicanismo, en flagrante choque con lo instituido en España. Puede suscitarnos asombro el bagaje de axiomas, en cuanto a su oficio, de José Luis. Así que me curo en salud. Su éxito redundará en mi beneficio.
No pretendo enjuiciar ni menoscabar el conjunto de una estrategia. Me afano en la recolección de indicios, piezas sueltas y equívocos. Porque tanto misterio le troncha de pavor a uno. Vuelve la calma si se aplica el reduccionismo, el eslogan tan apreciado por las élites y por la plebe: igual que cualquier otro individuo de la especie humana, el gobernante se propuso alcanzar la cima y se dispone a guerrear contra quienes intrigan para despojarle del trono. La vorágine me impidió preguntárselo a Felipe. Llega mi segunda oportunidad. ¿Engulle rabiosamente el poder todo lo que encuentra a su paso? Una vez lejos de la intemperie y ostentándose ya la jefatura, ¿queda sitio para los ideales, para el espíritu libre y justiciero? Se lo pregunto a José Luis.
Voy a salir de estos circunloquios, a los que la gente común a menudo tilda de superfluos y extemporáneos. No sin antes precisar que la sustancia misma del comportamiento pragmático son los ideales. Desde la Transición siempre se cojea por el mismo punto. Se fundamenta el ejercicio de la democracia en los valores, faltaría más. No obstante, se buscan los votos en los graneros del ni fu ni fa. Es decir, la maquinaria institucional, tras proceder al lavado de cerebro de la ciudadanía, invoca el presunto desinterés de esa ciudadanía. Yo me lo guiso y yo me lo como.
José Luis continúa extendiendo el hábito que heredó de sus predecesores. Quizá se distinga de ellos por inspirarse en una suerte de pletórico altruismo. Nadie le solicitaba que se inventase la alianza de civilizaciones. Y menos mal que no llegó a tanto como a proponernos la alianza de clases sociales. Pero ya dije antes que ZP o José Luis es una caja de sorpresas.
Errores de bulto en su ejecutoria los hay. Véanse dos casos ilustrativos. Uno: los vodevilescos dimes y diretes a cuenta de la fallida candidatura de Bono a la alcaldía de Madrid. Y dos: el encuentro con Artur Mas la histórica noche del 21 de enero, a partir del cual se está forzando al PSC a supeditarse a CiU. Me pronunciaré más que nada con el ánimo de importunar una pizca; dado que si el incordio no se reitera, el vicio se perpetúa. ¿Me expongo a predicar en el desierto? Pues ahí reintroduzco la ambigüedad y la incertidumbre. A José Luis le conviene tomar nota de los riesgos que entraña maniobrar de espaldas al partido.
¿Se adaptarán pasivamente los afiliados del PSOE a todo lo que provenga de las cúpulas? No creo que vaya a suceder tal cosa. Un partido sin el afán entusiasta de su gente, compuesto por camarillas de políticos profesionales y sus secuaces o clientes, aparecería de inmediato como un partido perdedor. Si el PP no ha digerido la derrota, el PSOE de José Blanco no ha digerido la victoria. Precisamente en marzo de 2004 fue cuando la espontaneidad del pueblo y de los anteriores abstencionistas sorprendió con su civismo tanto a los conservadores del PP como a los burócratas del PSOE. Con la palabra ‘centro’ se enmascaran bastantes tropelías. Retengamos lo dicho por Borrell en cierta ocasión: “Me sitúo en el centro de la izquierda”.
Siempre podría decirse aquello de que un fallo lo tiene cualquiera. Sería, sin embargo, preocupante que estos fallos revelaran otras tendencias de fondo del PSOE. Como, por ejemplo, la resistencia a tomarse en serio un combate de ideas con argumentos sólidos como herramienta de acción política. ZP, ¡avanti!
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