LA ZARPA DEL DIABLO

Araceli Guereñu

       En las páginas siguientes se expresarán, por un lado, una serie de ideas complementarias acerca del relato; y por otro, una síntesis del mismo y de las fuerzas que lo componen.

       Vemos a Andrés Ochoa y Almudena cuando pasean por un par­que. Los remolinos del chantaje emocional hacen mella en la joven. Lo que pretende Andrés Ochoa es que ella espíe a Raúl. Almudena acaba su­cumbiendo.

       Raúl ha llegado a pie hasta su oficina. Le incomodan el tráfico, la contaminación, las prisas... En el despacho, coge un libro de Umberto Eco. Minutos después, lo vuelve a poner sobre la mesa. Raúl permane­ce en reposo.
       Almudena va una y otra vez del armario de los materiales al or­denador. Las idas y venidas de la secretaria son observadas por Raúl. Desde que la contrató, no había pasado mucho tiempo. Ella trata de disimular, se deja invadir por la fantasía, pierde el contacto con la rea­lidad.
       Le gustaría cometer alguna locura, salir de la rutina. Y no se ha percatado de que tiene a su lado a Raúl, dispuesto a esbozar un co­mentario sobre lo inútil que es buscar la seguridad.
       —Sí, eso, ya sabes... sentirte libre y exento de cualquier daño.
       Ella se queda un tanto recelosa, como si la hubieran pillado en fal­ta. Sin embargo, logra serenarse y prosigue su tarea.

       Librería. Presentación de un libro escrito por Patricia Maxwell.
       Almudena y Raúl se hallan entre el público. El libro recoge la ex­periencia de la autora; en él figuran una serie de cuentos. En resumen, se ha pretendido esquivar el inmenso poder de los tópicos.
       Un periodista que se encuentra en el lugar toma la palabra:
       —Los jóvenes de ahora necesitamos que nos empujen hacia la aventura; somos demasiado acomodaticios. ¿Qué opinas tú?
       Patricia, con su peculiar vehemencia, trata de contestar. Y sin darse cuenta, se va por la tangente.
       Más tarde, al finalizar el acto, Raúl hace todo lo posible para que se conozcan Almudena y Patricia. Y así sucede. La secretaria intuye que sobran los remilgos. Empieza a entrever los fallos del sistema.

       Desenlace del relato. Fuera de la ciudad, a unos pocos kilómetros, se encuentra el sanatorio. Nada más entrar en el mismo, te envuelve un cierto olor a medicinas.
       Vemos a una persona recostada en la pared, con la mirada perdi­da... Se acerca un enfermero.
       Ambiente gélido y pulcro, un pasillo largo. Almudena entra en la habitación y reconoce a Patricia. Forcejea con ella, le insta a fugarse...
       Lejos del sanatorio, las dos mujeres se abrazan y expulsan la tris­teza. Se ha restablecido la sinceridad.

       Andrés Ochoa no está dispuesto a consentir que prospere el ne­gocio que ha montado Raúl. Eso nunca, de ninguna de las maneras. Tiene un plan largamente premeditado. Averiguará ese iluso hasta qué punto se equivocó. Andrés pone en marcha un complot: se asocia con una ex agente de la CIA.
       Inmersa en el espionaje industrial, es una mujer sin escrúpulos, nada sutil y con un pasado turbio. Sin embargo, si la situación lo re­quiere, puede llegar a aparentar buenos modales y cierto refina­miento.

       Campo de golf. Raúl y Carmelo, jugador profesional.
       Carmelo y Raúl van paseando por un campo de golf, hasta llegar al siguiente hoyo.
       Charlan amigablemente. Raúl entiende las preocupaciones del ju­gador. Le obsesiona el precio de la fama. Exagera todo lo concerniente a las manipulaciones y el sensacionalismo de la prensa.
       Dice Carmelo:
       —Pero, ¡has visto! ¿No has notado un flash?
       Raúl:
       —Yo no he visto nada.
       —Estoy seguro, por aquí anda merodeando un fotógrafo —dice el jugador.

       Raúl tiene una agencia de publicidad. Anteriormente, su oficio fue el de vendedor de automóviles en el establecimiento administrado por Andrés Ochoa...
       Las relaciones con su antiguo jefe habían resultado más bien tor­mentosas. Por lo tanto, decidió independizarse. Así que, en cuanto sur­gió la oportunidad, no lo pensó dos veces.

       Montse y Almudena comparten piso. Montse trabaja en un hotel: limpia las habitaciones y hace las camas. Aparentemente, un trabajo muy rutinario, sin apenas novedades.
       En uno de esos días con muy poco movimiento, cuando en el hotel apenas había una docena de clientes, sucedió algo. Robaron en el hotel. Desaparecieron joyas y otras pertenencias de un personaje fa­moso que allí se hospedaba. El gerente se obstina en culpar a Montse del delito.

       La profesora de música y Almudena.
       Una sala medio vacía, con un piano en medio; partituras, algunas caídas por el suelo sin que nadie se moleste en recogerlas. Sentadas en dos sillas, la una frente a la otra, se encuentran la profesora de música y su alumna.
       Las técnicas a las que se refiere la profesora deberían permitir un mayor grado de concentración mental; y de astucia. Utilizan la acade­mia de música como tapadera. Pero las clases que se imparten tienen mucho que ver con el espionaje industrial.

       Divisemos a otro de los personajes del relato: Lucas Ugarte, ad­ministrativo del hotel donde trabaja Montse. Casi es imposible tratar con él, debido a su carácter quisquilloso.
       Tuvo problemas con la policía y descarga su propia culpa en los demás. Le hostigan sin compasión, expone reiteradamente.
       Ahora frecuenta un círculo muy selecto, el de la Fundación La Rosa. Decidido a medrar, Lucas responde a las ofensas mostrándose risueño y hasta servil. Cree a pies juntillas que hay dos bandos en dis­cordia: los que mandan y los que no tienen otro remedio que supedi­tarse a los primeros. Dándoles coba, ya le devolverán el favor...

       ¿Y cómo referirnos a Enrique Ballesteros? Presume de sensatez, aunque le gusta zascandilear. Su oficio es el de contable. La tarea que le ha encomendado Raúl en la agencia de publicidad, le sabe a poco. Ambiciona llegar a lo más alto. Cavila infructuosamente sobre algu­nos temas. Raúl deplora la impaciencia de Enrique. La pugna va destru­yendo lo que pudo haber de confianza mutua.
       Raúl es metódico y sosegado; quiere que el contable se atenga a los hechos y deje de fantasear. Enrique, muy descontento con el salario que se le paga, sufre continuos arrebatos. Los poderosos descuidan sus flancos débiles. Haciendo acopio de osadía, Enrique se mezcla con gente del hampa. Si alguien se pone terco, se le obliga a que entre en razón.

       Mónica Herralde, directora general de la Fundación La Rosa.
       En un edificio restaurado se encuentra la Fundación La Rosa. Pa­sillos muy bien pulidos y barnizados. En los laterales, una hilera de pequeñas oficinas. Hacia el final del pasillo está la oficina de Mónica Herralde. Es muy amplia, con mucho espacio y rodeada de cristales.
       Desde primera hora de la mañana, arrellanados en confortables sillones, se encuentran Andrés y Mónica Herralde. Les han servido unas bebidas. Charlan amigablemente. No obstante, una exagerada tirantez, algo anómalo, se percibe en el ambiente. Andrés trata de persuadir a la directora de la fundación y se muestra muy enérgico. De ninguna manera quiere que Raúl sea miembro de esta sociedad. Lo pondría todo patas arriba. Sería nocivo y hasta ruinoso.

       Han forzado la puerta de la oficina de Raúl. A primera vista, no parece que los destrozos tengan un significado concreto.
       Almudena se ha llevado un buen susto. Luego, tras llevar a cabo una revisión minuciosa, se da cuenta de que faltan los informes rela­cionados con dos clientes importantes para Raúl: Amador y Cecilia, un matrimonio con un potencial económico tan fastuoso como dis­perso.

       Cecilia teme un periodo de sinsabores; intuye que su marido tra­ma algo contra ella. ¿Por qué riñen tan a menudo?
       Amador sufre con las salidas de tono. Le fastidian los cambios de humor repentinos, a los que tan aficionada se ha vuelto su mujer. Ni los entiende ni los entenderá nunca.
       En su fuero interno, Cecilia sabe que Amador se ha propuesto re­sarcirse. Urdirá un plan y acabará realizándolo, sin que ella disponga de ningún medio para esquivar la desgracia.

 

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